Miraba el puerto desde los tantos balcones que tiene la ciudad, cuando de pronto vi su mirada amigable y ajena que se acercaba hacia mí. Me miró a los ojos y miró el mar conmigo. Dejó caer su peso en el suelo y se quedó quieto a mi lado. Le acaricié la cabeza y se puso a mover el rabo, feliz.
R. Aguilar
No hay comentarios:
Publicar un comentario