Oí su gemido triste y ahogado y las bocinas del tráfico. Todo ocurrió muy rápido. Eché un vistazo por la rambla buscándolo. Entonces lo ví. Yacía inmóvil tras las ruedas posteriores del Station Wagon. Pobre Lucca, corrí hacia él en su ayuda lo abracé y le hice cariño. Su mirada inocente me partío el corazón. Qué descuido el mío, qué tristeza. Mi cándido amigo, mi perro fiel. Se había ido.
R. Aguilar
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