El sudor que bajaba por sus sienes se volvía cada vez más frío al acercarse a la habitación que estaba en el fondo del pasillo. Cada tanto se volteaba a ver a sus espaldas ante cualquier sonido que escuchaba, pero en aquella noche negra, poco era lo que podía vislumbrar en las penumbras. Llevaba los brazos estirados y tensos mientras tomaba el revólver con decisión. Cuando por fin estuvo a pasos de la puerta. Un estrépito sonó en el piso de abajo. Se apresuró a ver que se escondía en aquella habitación. Comenzó a respirar con agitación al momento que acercaba su mano al pomo de la puerta. Entró de golpe, y miró al rededor. Todo era un desastre, cajones volteados, ropa rasgada, papeles por todos lados, la ventana con algunos vidrios rotos, y las cortinas deslizándose a través de la persiana que estaba caída de un lado. La sangre en el suelo y en las paredes daban cuenta de la horrorosa tragedia que había acontecido ahí hace poco, pero nada, no había rastro de Andreas. Odiaba a este hombre como a nada pues le había quitado lo que mas quería, su familia, padres, hermanos y novia en una matanza múltiple, sin precedentes. Se adjudicaba los peores crímenes y maldades oídos en años. Según se rumoreaba a parte de la familia del joven, había dado muerte a otras quince personas más y ahora lo tenía ahí, encerrado en la misma casa. Oyó nuevamente un estruendo abajo, esta vez aún más fuerte. Corrió por el pasillo nuevamente y bajó las escaleras a toda prisa. Al llegar a la planta lo vio. Era el ser maldito que lo atormentaba en sus pesadillas. Tenía aspecto familiar, pero no dejaba de ser monstruoso. Al darse cuenta de que lo observaba, el desconocido le dio una sonrisa trastornada y comenzó a reírse a carcajadas -“por fin apareces cobarde”- le dijo. El joven levantó el arma apuntando al desconocido. Al fin tenía a su merced a aquél hombre que tantas veces lo había atormentado. Quería matarlo, quería poner fin a su maldita vida. El tipo frente a él tenía su mismo aspecto, el mismo pelo negro revuelto, las mismas manos duras, la misma mirada profunda, si hasta vestía igual que él, la única diferencia era que se trataba de un asesino. Había esperado tantos años el encuentro con este hombre oscuro e inhumano, descorazonado y perverso que moraba este lugar. Sin poder esperar más, disparó contra el infeliz una, dos, tres, cien, mil veces, hasta que ya no tuvo más fuerzas para soportar el espectáculo que el mismo había creado. Comenzaron a brotar lágrimas de sus mejillas. La sangre se esparcía por todos lados y entonces reinó el silencio. Cuando despertó, Andreas vio desde las alturas su propio cuerpo tirado en el suelo sobre un charco de sangre. Había acabado con el monstruo que habitaba en él, había acabado con sí mismo.
R. Aguilar